Muchas veces las opiniones y creencias que otras personas tienen sobre nosotros, sobre nuestras capacidades o sobre nuestra forma de actuar influyen en nuestros comportamientos y en nuestro rendimiento y acabamos actuando u obteniendo los resultados que los demás imaginaban que conseguiríamos, tanto sean para bien como para mal.

 

 

Así, por ejemplo, si constantemente te están diciendo que eres un desastre, que no pasarás un examen por mucho que te esfuerces y que no tienes capacidades para hacerlo, es mucho más probable que no superes la prueba o que tu rendimiento sea inferior al que obtendrías si te animaran y motivaran, ya que al final te acabas sugestionando a ti mismo y acabas creyendo que no podrás hacerlo o que lo harás mal.

 

Este fenómeno tiene un nombre: “efecto Pigmalión” o “profecía autocumplida”.

 

 

En definitiva, es como si las expectativas que los demás tienen sobre nosotros tuvieran un poder “mágico” muy potente para condicionarnos a la hora de crecer como personas o de afrontar los retos de la vida.

 

 

Hoy he querido hablar de esto porque pienso que muchas veces no acabamos de ser conscientes del efecto tan potente que tienen nuestros pensamientos sobre los demás. Y digo yo … Ya que tenemos esta virtud, ¿por qué no la empleamos para conseguir potenciar al máximo las capacidades y habilidades de las personas que nos rodean?

 

 

Fomenta la autoconfianza de las personas que son importantes para ti, anímalas a hacer todo lo que tienen ganas de hacer, ayúdales a superar los miedos… A todos nos gusta que nos apoyen y confíen en nosotros. Esto siempre nos motiva y nos hace aumentar nuestro sentimiento de valía personal lo que refuerza también nuestro sentimiento de autoeficacia y nos hace afrontar a los retos que se nos presenten y superarlos con una mejor autoestima y autoconfianza.

 

 

 

 

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